Cap. 5. No bebas: ladrón suelto

Bici

El consumo compulsivo de alcohol no ha sido nunca bien considerado. Se ha visto en él un obstáculo para la auténtica paideia del ciudadano clásico, un comportamiento contrario a las prácticas ascéticas cristianas y un atentado a los deberes que todo individuo contrae consigo mismo. Los medios para combatirlo también han sido variados: la repulsa social, la condena religiosa y la persuasión filantrópica.

¿Cómo intentan evitar las autoridades el consumo excesivo en la actualidad? La Fundación Antidroga ha optado por lanzar un dardo al orgullo del bebedor. Con una foto de una bicicleta supuestamente asegurada para evitar su robo cuando en realidad el dueño, ebrio y despistado, solo ha rodeado con la cadena un bolardo de muy poca altura, se da a entender, por un lado, que el mayor perjuicio del alcohol es hacernos “más tontos” y, en segundo término, que no habrá oportunidad de volver a ver la bicicleta si alguien la deja en la calle de ese modo. Se aspira a fomentar una virtud, el consumo moderado, pero se desiste de erradicar un vicio, considerando resignadamente que el robo es inextinguible.

Este mensaje no encaja en las categorías clásicas de la teoría política (republicanismo y liberalismo) y refleja un fracaso y un notable pesimismo institucional con respecto a la formación de los ciudadanos. No parece haber más argumento para dejar de beber que no llegar a ser más estúpido con el fin de no allanar el camino a un delincuente acechante del que las propias autoridades tendrían que protegernos.

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