Cap. 10. La belleza es nuestra estancia

Belleza

 

¡Cuán deseada es la belleza! y, sobre todo, ¿quién no ama las cosas bellas?; y es que, como decía Hegel, “la belleza es el genio amistoso que nos sale al encuentro por todos lados”. Así, podemos hallarla no solo en el arte, sino también en el diseño de camas, sofás, vestidores…

El interiorismo, como arte de la organización estructural de salas y de su decoración, es el protagonista de un anuncio cuyo eslogan no deja lugar a dudas: Beauty is not something you can turn on and off (“La belleza no es algo que puedas encender y apagar”). La imagen corresponde a una marca italiana de muebles, B&B, diseñados por el arquitecto Antonio Citterio.

El anuncio está repleto de cosas que dan cobijo a la belleza sensible al tiempo que ponen de manifiesto que la misma es subsidiaria de una belleza formal de carácter estructural, porque como ideal afecta a la organización de las cosas en un conjunto.

Además, resulta que el embajador de esa forma ideal es el hombre, quien habita en la belleza. No es casual la presencia de la figura humana por partida doble en la imagen y tampoco lo es que el lugar representado sea una estancia, en este caso una sala doméstica amplia y elegante, moderna y funcional, concebida armoniosamente, donde el mobiliario se organiza en torno a dos figuras femeninas, una frente a otra; una de óleo y lienzo, la otra de carne y hueso; la primera de cara al espectador, la segunda de espaldas; una engalanada al gusto de la época barroca, la otra vestida a la moda actual. La primera es la marquesa de Balbi, retratada por Anthony van Dyck en 1627; en cambio, desconocemos quién es la modelo de la segunda, cuyo cuerpo en ligero movimiento trasluce la delicadeza, proporción y equilibrio de las formas femeninas. Si de la mujer del cuadro destaca el rostro, de la otra importa sobre todo la silueta. La imagen logra que las dos mujeres sean percibidas como si se tratara de una sola, mostrando simultáneamente dos perspectivas complementarias: el rostro y la espalda. Si en la primera la belleza aparece individualizada, pues tiene rostro, nombre y posición social, en la segunda es anónima.

Estas dos mujeres son representativas de un mismo ideal clásico de belleza, según el cual esta se hace efectiva en cosas y hombres a condición de que unas y otros sean armónicos, proporcionados, ordenados siguiendo criterios de simetría consistente en la disposición regular de las partes en el todo. Una belleza, en todo caso, que no nace ni muere porque es eterna, no se enciende ni se apaga, no es solo sensible, sino sobre todo lógica o estructural, la misma que exhibe la mujer que, como una escultura clásica, muestra con elegancia su silueta regular, esbelta, equilibrada, de líneas puras. Una belleza matemática que no será solo cuestión de percepción sensible, sino algo para ser visto con la razón.

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